#SigoSiendoYo, el eslogan de este año

Ultimamente llego tarde a todas partes. No es tan raro, entonces,  que llegue tarde a este 21 de Septiembre en el que todos los años me gusta detenerme un momento y mirar alrededor.

Al mirar alrededor este 21 de Septiembre veo muchos huecos, ausencias de personas que estaban ahí y ya no están; veo menos sonrisas, veo más confusión, oigo menos conversaciones y oigo más canciones de las que me gustaría (para que diga yo eso…); veo a la sobrina de un poeta volviendo a sonreir, despierta y hablando de algo que no logro comprender, torpe de mí. Echo en falta tantas cosas que ya ni reconozco lo que hago, lo que hacemos, como si también m estuviera atacando a mí un extraño alemán que me roba el mundo.

Cuando miro hacia atrás hay momentos divertidos, momentos dolorosos, momentos difíciles y una gran satisfacción. Cuando miro hacia delante veo proyectos de investigación que quizá lleguen a buen puerto. Ojalá ese día.

Llegado el momento, apagaré la luz y cerraré la puerta. Aunque una parte de mí se quedará allí siempre

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¿Quién me ha robado el mes de Abril?

Tenía la seguridad de que no siempre le hacían gracia los chistes que contaba, ni le interesaban aquellas historias que se remontaban al principio de los tiempos. Y sin embargo sonreía cada vez que hablaban como si aquello que le contaba fuera lo mejor que le había sucedido en la vida. Sonreía con los ojos casi siempre, que es donde se descubre la sinceridad de una sonrisa, y luego contraatacaba con su propia historia eterna.

Podían hablar durante horas, saltando de un tema a otro, pisándose las frases, soltando las mismas chorradas que días atrás les habían hecho picarse o reír a carcajadas. Disfrutaban inventando palabras, conceptos nuevos en cuya necesidad nunca nadie había reparado, pero que con toda seguridad algún día entrarían a formar parte del diccionario de la RAE. Discutían a veces, con vehemencia, como si les fuera la vida en ello. Porque discutir de algo que no importa no tiene mucho sentido, diría uno; porque discutir sin ganas no es divertido, diría el otro. Luego quedaba alguna pequeña sombra en su mirada que parecía quedarse allí un tiempo un poco más largo del que le hubiera gustado, pero nunca había sabido disipar las sombras con suficiente rapidez.

Le gustaba la persona que era cuando estaba a su lado. Más libre, más feliz. Le gustaba el reflejo que le devolvía su mirada. Le gustaba sentir el calor de su sonrisa a su espalda mientras se alejaba; siempre lograba contener las ganas de girarse para comprobar si sonreía una vez más, quizá porque no quería descubrir el momento en que ese pequeño gesto iba a desaparecer.

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Nunca me cansaré de celebrarlo

La noche estuvo caldeadita. 30º pasada la medianoche. Tengo testigos de que no exagero; tengo incluso una foto; y os la dejaría, no vaya nadie a acusarme de exagerar ni media, pero con la destreza fotográfica que me caracteriza, la cagué y el reflejo del flash no deja ver la hora. Pero vamos, que hacía una noche que daba calentura.

En el Palacio antes conocido como de los Deportes (me niego a referirme a él con esos nombres paganos que le han puesto) la temperatura era bastante más aceptable. Hasta creí que iba a tener que usar el foulard que me había llevado “por si acaso” (yo es que soy muy de por si acasos… creo que es un síndrome de algo), pero no fue para tanto. Tuvimos nuestros momentos, porque pegando saltos y meneando el culo también sudamos un poco, creo.

Se estrenaba Verano y se celebraba el Día de la música. Y yo no podía estar en mejor lugar y haciendo mejor cosa que escuchando al maestro Sabina. La vida a veces te regala las mejores circunstancias. Y en esta ocasión la vida se presentó en forma de mi amiga C. con su santa paciencia y su madrugón de hace seis meses… Y su triunfo.

Se llena el Palacio hasta la bandera y casi nadie aguanta sentado la salida del cantante. Aunque su último disco suene a despedida y parezca que toda la gente que estaba allí anoche se niegue a aceptarlo. Aunque en el escenario mi sabinera favorita vea a un señor muy mayor que cualquier día nos da un susto. Aunque yo en el escenario empiece a ver ya siempre los ecos del último concierto. Por algo su último disco se llama Lo niego todo.

Porque nos cantan “Y sin embargo” y se me pone la piel del alma de gallina; porque al reconocer los primeros acordes de “Noches de boda” pienso por enésima vez que es la nana más bonita del mundo. Porque escucho “Contigo” y me pregunto si alguien escribió alguna vez algo tan bonito y a la vez tan difícil y mi sabinera favorita me recuerda, como siempre, que se ganó un pedazo de 10 (y merecidísimo) gracias a esta canción.

Eché de menos tantas cosas… eché de menos canciones, eché de menos versos, eché de menos personas y lugares… eché de más “Y nos dieron las diez”. Pero hay noches que repetiría eternamente, y un concierto de Joaquín Sabina es una de ellas.

Por amor al arte… y por delicadeza. Gracias maestro.

 

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Rutinas

Llevaba varios meses viéndola cada mañana y creía haber llegado a conocerla un poco.

Sabía, o creía saber, que le gustaba tener las cosas bajo control, pues cada mañana se dirigía sin titubear a la misma mesa en la esquina más cercana al ventanal que daba a la calle. Se sentaba siempre en la misma silla, pegada a la pared, mirando hacia la puerta. Quizás por querer saber lo que pasaba en el resto del local, quizás por miedo a no saberlo estando de espaldas. Sonríe al recordar la cara de fastidio, el ceño fruncido,  el gesto serio, el día que se encontró “su” mesa ocupada por otra chica que gesticulaba mucho hablando por el móvil.

Recuerda su sonrisa de oreja a oreja el primer día que Pepe, el camarero que atendía la barra, colocó ante ella el platillo de la taza de café con dos sobres de azúcar moreno sin que ella tuviera que pronunciar suavemente la misma frase – “Perdona, ¿me lo puedes cambiar por dos de azúcar moreno, por favor?” – que le llevaba escuchando día sí y día también desde que empezó el invierno.

Sabía que era friolera. Entraba cada día del invierno abrigada hasta las orejas y encogida, como aterida de frío. Y las mañanas que hacía sol sonreía más que cuando estaba nublado. Aunque cuando más la vio sonreir fue aquel día que llovía a cántaros y entró con el agua goteándole del pelo, sin paraguas y más contenta que una niña chica la mañana de reyes. Aunque exclamó “¡Vaya mañanita!, ¿verdad?” como cada cliente que entraba por la puerta, lo dijo en un tono tan entusiasta que nadie se creyó que aquello pudiera ser una queja.

Cuando hacía sol giraba la cabeza hacia la cristalera, levantaba la cara y cerraba los ojos durante un momento, como si cada rayo fuera el mayor regalo que pudiera hacerle el cielo.

Recuerda su rutina diaria, cómo se servía metódicamente un sobre y medio de azúcar en el café con leche -“Templada, por favor”-, cómo revolvía despacio, como si estuviera contando las vueltas, y cómo untaba mantequilla en la tostada y espolvoreaba por encima el medio sobre de azúcar que no había echado en su café. Doblaba el sobre vacío siempre de la misma manera, cogía siempre dos servilletas del servilletero y se tomaba su desayuno mientras leía alguna novela o tarareaba por lo bajo. Quizá lo único que variaba en su rutina: la música que sonaba y la novela que leía.

En poco más de media hora, se levantaba, recogía sus cosas y tras pagar y despedirse del personal con un sonoro “¡Que tengáis un buen día!”, desaparecía por la puerta.

 Llevaba varios meses viéndola cada mañana y creía haber llegado a conocerla un poco. Pero en realidad no sabía nada. Aunque eso no lo descubrió hasta que abrió el periódico aquella mañana y supo por qué llevaba un par de días sin verla aparecer por el café. 

“Nuevo caso de violencia machista” rezaba el titular.

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Cuando la vida se luce poniendo ante ti un caramelo…

La verdad es que no nos lo ibas a poner muy difícil, eso lo teníamos claro: si nos hubiéramos tirado en un prao toda la tarde a comer pipas, tomarnos unas cervezas y hacer una de nuestras míticas sesiones de risoterapia, hubieras dicho, seguro, que te habíamos hecho la novia más feliz del mundo.

Pero justo por eso apetece mucho más intentar sorprenderte y montar una fiesta de las que hacen historia, porque te agradezco que te conformes con nuestra sola presencia, pero precisamente contigo tenía muy claro cómo podíamos organizar el plan perfecto…

Desde hace ya no sé cuántos meses (¿cuándo dijiste que te casabas? pues desde ese momento) en mi cabeza se proyecta la peli de tu despedida. En ella salimos a bailar bajo el chaparrón de notas, destrozando cada estrofa de este nuestro adorado rock’n roll; y Joaquín nos ayuda con la letra mientras Panchito aporrea la guitarra, Mara nos hace los coros y Antonio nos acompaña al piano.

Lo malo de los sueños es que cuando los cuentas no siempre tienen sentido; lo bueno de los sueños es que a veces se hacen realidad… a su manera. Y por eso las semanas han pasado atisbando en las redes las agendas sabineras de unos cuantos músicos, calculando fechas, barajando posibilidades, empujando planetas… Si de un solo tiro se consigue el concierto, la ciudad, la fecha y la gente es que estamos ante la carambola perfecta.

Y una, que no es nada perfecta, la caga en los últimos quince metros antes de la meta, pero eso es lo que le da calidad a mi existencia, que diría Sanchidrián, y de poco sirve lamentarse a estas alturas.

Un par de comentarios tontos para despistar, estrellas invitadas a este show (incluídos los gemeliers) y tu proverbial despiste y desorientación nos dieron el juego suficiente para mantenerte desconcertada bastante más rato del que esperábamos.

Lo demás ya era fácil y no corría de nuestra cuenta: la música, ya sabes, siempre salva la noche; y la Noche Sabinera no defraudó tampoco en esta ocasión, aunque el público fuera sosaina y pareciera que sólo nosotras estuviéramos allí para dejarnos la voz en el intento. Nos faltó ganarnos un bombín (seamos serias: no lo hubiéramos conseguido, tú y yo desafinamos a más y mejor), pero a cambio te ganaste unas firmas. Y unas fotos (momento cuñao incluído). Y nosotras nos ganamos tu sonrisa, que vale más que el oro del Perúyo por verte así de pletórica volvería a empujar todos los planetas.

Elegí bastante bien el repertorio. Me falló “terminar” (antes de los bises, afortunadamente) con Y nos dieron las diez, que siempre me desluce un concierto, por bueno que haya sido éste. Panchito y Antonio se cantaron grandes temas, aunque me faltaran muchos, y Mara… ay, Mara… El MaraBarrismo ha ganado una nueva adepta para su causa; no era partidaria, bien lo sabes, pero ese Y sin embargo, ese Y si amanece por fin… no puedo negarlo, he caído rendida a sus pies. Me declaro, de aquí en adelante, marabarrista.

No puedo terminar estas líneas sin agradecer su importante papel a los secundarios de lujo: esa primera entrevista creando una extraña situación de tensión, un camarero que se invita a una ronda, el productor que se enrolla para conseguir autógrafos, Antonio que se fuma un cigarro perdonándose a sí mismo por no ser Pancho, Mara que se acerca para hacerse una foto, el dueño de la sala que se saca de la manga una felicitación inesperada…

Cada uno aportó su granito de arena para una gran noche. Y después, para qué más detalles, ya sabéis…

Siempre tendremos la música; seguro que recuerdas que eso fue lo primero que me unió a ti en la vida.

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#SilvioEnVallecas

Casi siempre las mejores cosas de la vida nos llegan sin esperarlas. Y una vez más para mí fue así ayer.

Hace seis días me enteré, gracias a mi sabinera favorita y a Twitter (benditos sean ambos), de que Silvio venía a España e iba a tocar nada más y nada menos que en mi barrio. Tras un breve intercambio de mensajes concluí que sería poco menos que imposible conseguir asistir, y pasé a otra cosa en mi mente.

Sin embargo ayer por la mañana volvió a surgir el plan y pensamos que, dado lo extraordinario de este concierto, era muy improbable que volvieran a alinearse los planetas: Había que intentarlo. Como reza uno de mis lemas favoritos de la época de la facultad “El no ya lo tienes, ¿y si te encuentras con el sí?”…

Así que todo el día apresurada para mantener a los planetas alineados y que me diera la vida. Aparcar no fue difícil porque dimos por supuesto que cerca, ni de broma. La tarde radiante acompañaba, prometiendo una noche cálida perfecta para un concierto al aire libre. Un mensaje inesperado de mi “gallego” favorito añadía un aliciente no previsto: su presencia. Aunque al final no pude verle, el muro de cuerpos me impidió encontrarle, sé que también se dejó la garganta cantando conmigo.

Entrar al auditorio fue lo fácil, acomodarnos en algún lugar aceptable parecía que iba a ser lo más difícil dada la cantidad de gente que se estaba congregando por allí, pero lo verdaderamente difícil resultó ser permanecer en el sitio donde habíamos decidido situarnos. Aunque también fue precisamente esto la parte más divertida de la noche, la que dio lugar a las anécdotas: gente entrando y saliendo, una que sale a por bebida, otro que quiere volver con su grupo de amigos (el reagrupamiento familiar hay que respetarlo siempre), la de más allá que, dice,  ha salido a mear pero “ lleva allí desde las cinco”, provocando el mosqueo de una rubia con cara de llevar allí por lo menos desde las 12; hay una familia delante de nosotras que ha aguantado sentada hasta el último momento, arriesgándose a una muerte por aplastamiento; y Alberto Garzón que va y viene con su corte (espero que me perdonen el símil monárquico) intentado ir siempre hacia la izquierda (del auditorio, claro), mientras la gente le da ánimos y le grita “presidente, presidente”.

Con una puntualidad bastante inesperada Ismael Serrano sale al escenario y comienza el concierto con Vine del Norte; cuando en la cuarta estrofa la chica le decía a Ismael “súbete ahí y cántame una de Silvio” reconozco que nos vinimos arriba. Aquello era el primer momento mágico: Silvio estaría entre bambalinas escuchando cómo le pedíamos a Ismael que nos cantara algún tema suyo.

Tras la primera canción Isma se marcó el primer discurso de la noche; después de admitir que había llorado antes de subir al escenario, nos contó cómo había surgido la idea de hacer este concierto y cuánto empeño había puesto en que Silvio pudiera hacer una edición de sus conciertos por los barrios aquí en su barrio, en nuestro Vallecas, por ser un barrio con una historia de  importante lucha vecinal (aquí nuevamente el público se vino arriba, como continuó sucediendo cada vez que los artistas mencionaban Vallecas).

Durante aproximadamente una hora mi sabinera favorita y una servidora acompañamos a Ismael Serrano en su viaje a nuestras nostalgias, con sus canciones  más conocidas como banda sonora, y algunos de sus últimos temas, que yo tarareé porque sólo podía cantar a ratos. Sonó Vértigo y me acordé de la rubia de los labios rojos, y le mandé una foto y un beso, que no salieron hasta mucho tiempo después.  Terminó, no podía ser de otra manera, cantándole a su padre su tema más famoso, Papá cuéntame otra vez, que todos coreamos, hasta los que habían ido al concierto porque pasaban por allí.

Salió Aute, se sentó en su banqueta y comenzó a cantar. Y la noche se llenó de dulzura y de belleza. Dejamos bien claro a gritos que no, que el pensamiento no puede tomar asiento; disculpamos  la visita intempestiva de Luis, que sólo pasaba por aquí; y  cantamos al borde de las lágrimas lo terriblemente absurdo que es estar vivos sin el alma de tu cuerpo. No creo que Aute cuente entre sus seguidores con muchas personas de generaciones más jóvenes que la mía, ni siquiera en mi generación es muy habitual; y sin embargo crucé varias veces la mirada con jóvenes que recitaban embelesados (como yo misma) los versos de Me va la vida en ello

También el de Manila tuvo su momento de discurso,  con un recuerdo especial a los que luchan frente a la crisis nos contó la historia de una bella canción que habla de revolución en la vieja Europa: Atenas en llamas.

Con Aute, como decía antes,  siempre vienen la magia y la belleza; lo demostró arrancándonos palabra por palabra la letra de la canción que lleva ese nombre,  y al enlazarla a su más famosa canción, Al alba (todo un himno de lucha y una bellísima canción contra la pena de muerte), consiguió la magia de varios miles de gargantas cantando al unísono para conjurar a la noche y a la muerte. Todavía se me pone la carne de gallina.

Y como la sabinera no había conseguido su canción favorita, en un trío improvisado nos marcamos, con más entusiasmo que entonación, nuestra propia versión de Las cuatro y diez. Dicen que se avecina un temporal, es posible que seamos las responsables.

Gracias a esto y a nuevas anécdotas propias del ir y venir de la multitud (otra vez Alberto Garzón que pasaba por aquí, la desaparición definitiva de la familia que desafiaba a la muerte por aplastamiento, junto con el hombre más abrigado del mundo, miss Noruega cada vez más risueña e integrada, la sabinera y yo haciendo nuevos amigos…) se nos hizo más corta la espera y por fin salió Silvio a terminar de convertir la noche en LA NOCHE. Aunque apenas se le veía, al fondo del escenario con su gorra, sus auriculares y sus gafas; aunque no parece destacar por su simpatía y su locuacidad en los conciertos; aunque mis rodillas y mis piernas ya me parecían de madera… Silvio Rodríguez es así de grande, tanto que no necesita hablar, ni necesita que se le vea para llenar un escenario. Se marcó un maravilloso recorrido por sus mejores canciones, por sus temas más conocidos y bellos. Si es que para emocionarse escuchando Ojalá o Te doy una canción ni siquiera hace falta estar allí para escucharlas.

Y si además le deja un ratito el escenario a Luis Pastor y Lourdes Guerra, para que terminen de demostrar que Vallecas no olvida su historia guerrera, estaremos logrando la cuadratura del círculo. Gracias a este vallecano de pro nos quedó mucho más claro qué fue de los cantautores.

Gracias a YouTube y a todos los que allí estuvieron grabando algún trocito casi podríamos reconstruir el concierto completo. O sin casi.

Ayer me levanté a las siete de la mañana en Vetusta y me acosté a las dos de la madrugada en Vallecas. Estuve cinco horas sentada en un autobús, una hora y media viajando en metro, tres horas trabajando… y casi cinco horas de pie en el auditorio de Villa de Vallecas junto a “unas cuantas miles de personas” (según cuenta El País). Fue un día muy largo; a pesar de no haberme movido un ápice de meridiano esta mañana me he levantado con algo así como jet lag y unas extrañas agujetas por todo el cuerpo. Y he necesitado dosis extra de cafeína. Pero nada de eso empaña lo feliz que me sentía anoche al irme a dormir. Así es la música, siempre te salva la noche. O el día. Incluso la semana. A veces incluso te salva la vida.

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A propósito de la felicidad

Escribe Quique Peinado hoy en Papel sobre la felicidad. Lógicamente hoy, puesto que la ONU eligió este día como Día Internacional de la Felicidad. Y me pide el cuerpo responder en algo más que en 140 caracteres, porque me ha dado por pensar mucho al respecto.

Empezaré declarándome profundamente fanS de este hombre, no vaya a ser que luego me salga un texto demasiado crítico y alguien crea que ya de antes le tenía manía, cuando es todo lo contrario. Me gusta su forma de escribir y conecto con la ironía que le suele poner a su visión de la actualidad. Confieso que he llorado de risa alguna vez escuchando la tertulia de cómicos de A vivir, que son dos días.

Tampoco es que esta vez no me haya reído, o no me haya gustado lo que ha escrito. Sin  embargo tengo muchos “peros” que puntualizar en su columna. Preguntaba él mismo en Twitter “¿cuántos piensan como yo y cuántos odian esta columna?”… en mi caso ni lo uno ni lo otro. Me explico

Creo  que MrWonderful apesta. Pero también creo que la felicidad no tiene que ver con sonreír siempre. Y no creo que sea un estado permanente. Ni que buscar la felicidad, incluso encontrarla, sea incompatible con enfadarse, con “cagarse en todo”, con llorar, poco o  mucho, o con sentir esa pena infinita que la vida nos trae en ocasiones. Es más, me parece muy difícil perseguir la felicidad y sentirla de vez en cuando sin ser consciente de “lo otro”: que el dolor, la rabia, la tristeza o el miedo forman parte de la vida.

No creo en la eterna sonrisa ni en el eterno buen rollo; y no envidio demasiado a la gente que va por el mundo con ese leitmotiv, porque tiene que suponer un desgaste de energía importante. Sin embargo sí que creo que se puede ser feliz, incluso que se debe, si es posible, intentar buscar la propia felicidad y la de los demás (el orden no es al azar: mucho mejor primero la propia felicidad, luego la de los otros). Creo que aspirar a la felicidad es un motor de cambio importante que nos permitirá llegar más lejos como personas.

Y dicho esto, sí, creo que nos imponen una imagen errónea de lo que es la felicidad o de cómo podemos lograrla. Como en muchas otras cosas, el tinglado social que impera últimamente simplifica demasiado: la felicidad en 140 caracteres y esas cosas. Pero no es tan fácil, y eso es lo que nadie nos cuenta. Sobretodo esos que imponen su felicidad, “haciendo gala de ella”, cosa que he de decir que a mí me revienta tanto como a Quique Peinado. Pero si se hablara más de que es difícil a menudo lograr la felicidad, de que no se puede conseguir a cualquier precio porque entonces no se siente, de que no todo el mundo es feliz cuando sonríe o infeliz cuando se enfada, entonces es posible que nos ahorráramos buena parte de esa frustración de la que habla el periodista que querría ahorrarle a su hijo.  Espero que, efectivamente, no  le digas nunca a tu hijo que TIENE que ser feliz. Y aquí sí que estoy muy de acuerdo.

En cualquier caso, creo que una aspiración tan importante y tan legítima como la búsqueda de la felicidad es que nadie nos la imponga, que nos dejen vivir en paz, amargados o felices. Por cierto, que sepa Quique Peinado que como trabajador de la alegría ha contribuido frecuentemente a mi felicidad. Gracias por ello.

Aquí, la columna en cuestión.

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30 canciones de amor 

  

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Ramiro

  
¿Cuántos años se puede esperar para escuchar una canción por primera vez? La respuesta, en mi caso: unos cuatro años. Ese es el tiempo que ha pasado desde que escuché la primera estrofa de Ramiro (aunque entonces no sabía que se llamara así) hasta que la escuché completa hace unos meses en un concierto; un poco más hasta la primera vez que la escuché en Magia, flamante último disco de Luis Ramiro.

A veces escuchas una canción por primera vez y sientes como si ya te la supieras, y vas cantando la letra porque te la sabes y piensas ¡coño! ¿Pero cómo es posible? Si es la primera vez… Me imagino que en este caso será que entre el millar de tuits de Luis Ramiro que he leído habría varios que hicieran referencia a esta canción que ya existía en su mundo, aunque no en el mío.

Cada vez que he leído en redes sociales que el cantante escribía “no me pidas derechos de autor cuando sueñe contigo” se reproducía en mi cabeza la misma escena: yo zarandeando a Luis Ramiro de las solapas de la chaqueta (divertida imagen, teniendo en cuenta que me saca más de una cabeza), increpándole para que me dijera cómo demonios continúa la letra, amenazándole, incluso, con cosas feas si no aparecía pronto ese tema en alguno de sus conciertos. Sin ser yo nada partidaria de la violencia, no os vayáis a creer.

En su último concierto en el café Libertad8, cuando por fin escuché en directo los primeros acordes, solté un “ay, madre, por fin voy a escucharla entera” tan alto que lo mismo hasta me oyó (no es difícil, por otra parte, porque estaba sentada en mi lugar favorito: junto al piano). Y el sábado, en la presentación de Magia, viendo que la cosa avanzaba y que en la recta final aún no había sonado, grité “¡Ramiro!” como si me fuera la vida en ello… “Lo mismo no sabe que te refieres a la canción” dijo a mi lado la rubia de labios rojos… Afortunadamente me entendió (a mí y a los tres o cuatro que también reclamaban el mismo tema) y la tocó en los bises; aunque, según él mismo confesó, no estaba en el repertorio.

No sé exactamente qué es lo que me gusta tanto de esta canción; quizá ese toque tan Sabina que tiene, quizá que sonaba durante el vídeo del anterior  crowdfounding, que fue tan importante para mí, quizá que me veo representada en muchos versos de la canción… El caso es que espero oirla en muchos conciertos más, y bailarla y cantar a gritos “Para ti soy Ramiro” como si fuera parte de un conjuro contra el mal de amores. Eso sí, espero que para la próxima vez él se sepa la letra tan bien como yo (como esta vez no la tenía en el repertorio no se lo tendremos en cuenta).

   
    

 

  

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Si ves que “así” no es “como debería”…

“Habría que añadir dos derechos a la lista de derechos del hombre: El derecho al desorden y el derecho a marcharse”
Charles Baudelaire (1821-1867) Escritor, poeta y crítico francés.

Con los tiempos que corren, con derechos humanos violados a diario en las cuatro esquinas del globo, en días en los que defender la contraposición derechos vs deberes es casi como hablar de una dimensión desconocida, parece una broma de mal gusto reivindicar el derecho a marcharse. Y sin embargo, aquí estoy yo…

Lo reivindico porque a veces la mejor solución es dejarlo, la mejor salida es levantarse y marcharse, la mejor alternativa rendirse o la mejor postura es cambiar de opinión.
Reivindico el derecho a decir “me he equivocado”, a pensar “esto que antes quería ya no lo quiero” o a plantarse con un “Me voy por donde he venido”.

A veces nos empeñamos (o “nos empeñan”) en mantenernos en nuestros trece cuando a lo mejor lo que encontramos al marcharnos y abrir esa puerta nos hace mucho más felices.

Lo que pasa es que a veces da miedo

¡Buen viaje!

pd: del derecho al desorden ya hablaré si eso otro día. Hoy estoy un poco desorganizada 😉

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